La abuela civil española

Estoy almorzando. Un día de septiembre. Creo que planeo algo. Mastico y pienso en los pasos a seguir. Algunos planes se molestan con el ruido de los cubiertos de alrededor. Otros, no. Algunos planes pueden con todos los ruidos.

Mi trabajo, la librería, me da un rato para almorzar tranquila. Como y pienso. Es un día especial. Sé que disfruto de septiembre. Puedo planear enero. Puedo pensar en el último junio. Sin sufrirlos en su rigor.

Suena el celular. Es mi hermano. Nunca me llama a esta hora. Le gusta la tarde, cuando habla con el día encima. Cuando tiene más para decir.

Sofía…

¿Qué hacés?

Y lo escucho. No está aquí. Está a tres horas de Buenos Aires, en un pueblo sin asfalto, en el campo. Lejos. Entonces me dice que la abuela tuvo un accidente. Se enteró porque la llamó por teléfono para saludarla. Al parecer, se cayó. Mi abuela Consuelo.

Le pregunto si le salió sangre. Me explica que sí. Lo dice de otra manera, pero queda la palabra: sangre. Hay palabras de las que es difícil volver. Esa es una.

Tengo que dejar lo que estoy haciendo, dejar mis ideas mirándose confundidas en el restaurante, y correr. Tomar un taxi y llegar lo más rápido que pueda.

Dejarme ahí sentada y correr.

Correr hacia la sangre de mi abuela.

Andrea Stefanoni (fragmento del libro La Abuela Civil Española, disponible en Bibliobús)

Ded Moroz

Ded Moroz era un anciano alto, fuerte y con una larga barba blanca, era muy bueno y le encantaba ver la sonrisa de los niños en Navidad. Un día se le ocurrió que cada fin de año, cada niño recibiría su regalo. Pero Ded Moroz era muy anciano y era demasiado trabajo para él.


Pidió ayuda a su nieta Snegúrochka, una hermosa joven, hija del hada de la primavera y de Frost, el señor de la escarcha. Su pelo era blanco y suave como la nieve, sus ojos tan claros y azules como el cielo cuando está despejado.


Un día el abuelo le propuso lo siguiente a su nieta:

-¿Qué te parece si por Año Nuevo dejamos una sorpresa a cada niño? Pero no pueden vernos.

-Uy, es mucho trabajo, abuelo, pero me gusta la idea.


Ese año empezaron a poner en marcha su plan. Ded Moroz vestido de rojo, llevaba una larga capa que le había cosido su nieta. Ella vestía de azul, su color favorito. El abuelo llevaba muchos meses fabricando un trineo de madera, buscó sus troicas (caballos típicos de Rusia) y empezaron a recorrer la zona llevando regalos a los niños.


Desde entonces, el abuelo del frió y la doncella de la nieve, reparten cada año a todos los niños de la zona regalos y juguetes.

Leyenda rusa de Navidad

Ulises y Penélope

Había mil naves griegas surcando el mar Egeo, rumbo a Troya, para rescatar a Helena. Estaba a punto de empezar la batalla más grande de todos los tiempos.

Al mando de estas mil naves había cincuenta capitanes, cincuenta reyes. En una de esas naves, pongamos la número trescientos noventa y tres, había un capitán. Da igual qué número fuera este capitán, lo importante es que su nombre era Ulises, el rey de Ítaca.

Ulises estaba en la proa de la nave contemplando el mar color vino y pensando que a él no le apetecía nada ir a Troya. A diferencia de muchos de los otros cuarenta y nueve príncipes griegos, él no tenía ganas de combatir en esa guerra.

Ulises también pensaba que, en realidad, todo había sido por su culpa.

Pero quizá sea mejor empezar desde el principio, aunque no resulte fácil determinar cuál es el principio.

Giovanni Nucci (fragmento del libro Las Aventuras de Ulises, disponible en Biblioteca Juana Kaiser)

¡A volar!

Leñador
no tales el pino,
que un hogar
hay dormido
en su copa.

Señora abubilla,
señor gorrión,
hermana mía calandria,
sobrina del ruiseñor;
ave sin cola,
martín-pescador,
parado y triste alcaraván:

¡a volar,
pajaritos,
al mar!

Rafael Alberti

Luces de bohemia

MAX: Vuelve a leerme la carta del Buey Apis.

MADAMA COLLET: Ten paciencia, Max.

MAX: Pudo esperar a que me enterrasen.

MADAMA COLLET: Le toca ir delante.

MAX: ¡Collet, mal vamos a vernos sin esas cuatro crónicas! ¿Dónde gano yo veinte duros, Collet?

MADAMA COLLET: Otra puerta se abrirá.

MAX: La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente.

MADAMA COLLET: A mí la muerte no me asusta. ¡Pero tenemos una hija, Max!

MAX: ¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de suicidio colectivo?

MADAMA COLLET: ¡Es muy joven!

MAX: También se matan los jóvenes, Collet.

MADAMA COLLET: No por cansancio de la vida. Los jóvenes se matan por romanticismo.

MAX: Entonces, se matan por amar demasiado la vida. Es una lástima la obcecación de Claudinita. Con cuatro perras de carbón, podíamos hacer el viaje

eterno.

MADAMA COLLET: No desesperes. Otra puerta se abrirá.

MAX: ¿En qué redacción me admiten ciego?

MADAMA COLLET: Escribes una novela.

MAX: Y no hallo editor.

MADAMA COLLET: ¡Oh! No te pongas a gatas, Max. Todos reconocen tu talento.

MAX: ¡Estoy olvidado! Léeme la carta del Buey Apis.

MADAMA COLLET: No tomes ese caso por ejemplo.

MAX: Lee.

MADAMA COLLET: Es un infierno de letra.

MAX: Lee despacio.

Ramón María del Valle-Inclán (fragmento de la obra Luces de bohemia, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

La migración

…Fue Larry, por supuesto, quien empezó la cosa. Los demás estábamos demasiado desmadejados para pensar en algo que no fueran nuestros males respectivos, pero a Larry la Providencia le había destinado a pasar por la vida como un pequeño cohete rubio, haciendo explotar ideas en las mentes ajenas para después enroscarse con untuosidad gatuna y negar toda responsabilidad de las consecuencias. A medida que avanzaba la tarde, su irritación iba en aumento. Al fin, paseando en derredor una mirada melancólica, decidió atacar a Mamá, como causante manifiesta del problema.

¿Por qué aguantamos este maldito clima?—preguntó de improviso, señalando

a la ventana distorsionada por la lluvia—. ¡Contemplad! O, si vamos a eso, contemplaos mutuamente… Margo, inflada como un plato de porridge encarnado… Leslie, penando por el mundo con treinta metros de algodón en cada oreja… Gerry suena como si tuviera el paladar hendido de nacimiento… Y, anda que tú: cada día que pasa pareces más decrépita y torturada.

Mamá le miró por encima de un tomazo titulado Recetas fáciles de Rajputana.

Pues no lo estoy—dijo indignada.

Lo estás —insistió Larry—; estás echando pinta de lavandera irlandesa… y tu

familia parece una serie de ilustraciones de enciclopedia médica.

A Mamá no se le ocurrió ninguna réplica aplastante, así que se contentó con lanzarle una mirada furibunda antes de replegarse de nuevo tras su libro.

Gerald Durrell (fragmento del libro Mi familia y otros animales, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

La voz dormida

La mujer que iba a morir se llamaba Hortensia. Tenía los ojos oscuros y no hablaba nunca en voz alta. Sólo cuando la risa le llenaba la boca, se le escapaba un “Ay madre mía de mi vida” que aún no había aprendido a controlar, y lo repetía casi a gritos sujetándose el vientre. Se pasaba gran parte del día escribiendo en un cuaderno azul. Llevaba el cabello largo, anudado en una trenza que le recorría la espalda, y estaba embarazada de ocho meses.

Ya se había acostumbrado a hablar en voz baja, con esfuerzo, pero se había acostumbrado. Y había aprendido a no hacerse preguntas, a aceptar que la derrota se cuela en lo hondo, en lo más hondo, sin pedir permiso y sin dar explicaciones. Y tenía hambre, y frío, y le dolían las rodillas, pero no podía parar de reír.

Reía.

Reía porque Elvira, la más pequeña de sus compañeras, había rellenado un guante con garbanzos para hacer la cabeza de un títere, y el peso le impedía manipularlo. Pero no se rendía. Sus dedos diminutos luchaban con el guante de lana, y su voz, aflautada para la ocasión, acompañaba la pantomima para ahuyentar el miedo.

El miedo de Elvira. El miedo de Hortensia. El miedo de las mujeres que compartían la costumbre de hablar en voz baja. El miedo en sus voces. Y el miedo en sus ojos huidizos, para no ver la sangre. Para no ver el miedo, huidizo también, en los ojos de sus familiares. Era día de visita.

La mujer que iba a morir no sabía que iba a morir.

Dulce Chacón (fragmento del libro La Voz Dormida, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

Atlas de geografía humana

Hace años que mi cara no me sorprende ni siquiera cuando me corto el pelo. Sin embargo, aquella noche, el cepillito embadurnado de pasta negra que sostenía mi mano derecha no llegó a encontrarse con las pestañas tiesas, inmóviles, perfectamente adiestradas, que lo esperaban al borde de unos párpados bien estirados, porque un instante antes de que alcanzara su destino, me di cuenta de que mis ojos estaban brillando demasiado. Sin levantar los pies del suelo, retrocedí con el cuerpo para obtener una vista de conjunto de toda mi cabeza, y no encontré nada nuevo ni sorprendente en ella aparte de aquel destello turbio, como una capa de barniz impregnado de polvo, que insistía en brillar sobre unas pupilas incomprensiblemente húmedas. Invertí un par de segundos en analizar el fenómeno antes de emprender una recapitulación de urgencia. Ya no soy una adolescente. Tampoco me había sentido mal en todo el día. No era fiebre, y tampoco exactamente emoción, ¿será la menopausia, me dije, que se ha vuelto loca, igual que el clima…? Una sola lágrima, aislada, terca, absurda, se desprendió de mi ojo derecho y rodó torpemente a lo largo de mi rostro sin lograr conmover al menor de sus músculos. Entonces comprendí que tenía que hacerlo aquella noche. Hacía ya casi dos meses que aquel sobre alargado de papel grueso, compacto, casi una cartulina de color crema, me desafiaba desde el cajón de mi escritorio. Me había acostumbrado a verlo allí, entre las fotos de los niños y las facturas desordenadas, y confiaba en él con una fe tan intensa como la que un agente desesperado pueda llegar a depositar en su arma final y más secreta, pero entonces me di cuenta de que en el plano desierto de la realidad, donde no existen huecos para esconderse, no iba a servirme de nada. Tiene que ser esta noche, me repetí, esta noche, esta noche.
Almudena Grandes (fragmento del libro Atlas de geografía humana, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

 

Almudena Grandes

Almudena Grandes (7 de mayo de 1960, Madrid – 27 de noviembre de 2021, Madrid). Escritora y columnista española.

Estudia Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid, trabaja en el sector editorial como redactora y correctora y coordina una colección de guías turístico-culturales. Colabora habitualmente en prensa, principalmente en El País, y participa como tertuliana en algunos programas de la Cadena SER.

Interviene en varios libros colectivos, como Libro negro de Madrid (1994), Madres e hijas (1996) y Érase una vez la paz (1996), y está comprometida con diferentes colectivos: desde 1998 es miembro del Comité Asesor del Legado Andalusí y, en numerosas ocasiones, ha manifestado su apoyo a Izquierda Unida.

Su primera novela, Las edades de Lulú (1989), obtiene un gran éxito de crítica y público y es traducida a más de 20 idiomas. Obtiene con ella el premio Sonrisa Vertical de novela erótica y es llevada al cine por Bigas Luna en 1990. Su siguiente novela, Malena tiene nombre de tango (1994), es adaptada al cine por Gerardo Herrero en 1996.

Después de Malena publicó varias novelas protagonizadas por mujeres, como Atlas de geografía humana (1998), o Los aires difíciles (2002), llevada también al cine por Gerardo Herrero en 2006. En 2007 publica El corazón helado, que en 2008 gana el premio José Manuel Lara y el del Gremio de Libreros de Madrid.

En 1997 es la primera mujer que recibe el premio Rossone d’Oro, que antes habían obtenido escritores como Alberto Moravia o Ernesto Sábato. Vive a caballo entre Granada y Madrid, participa en encuentros literarios, y se reivindica como heredera de la gran novelística del s. XIX, especialmente del realismo francés y de la narrativa de Benito Pérez Galdós.

Gran parte de su novelística está ambientada en los años finales del s. XX, y muestra la vida cotidiana de la España de cambio de siglo. También le interesa la guerra civil española: En El corazón helado (2007) presenta el establecimiento de varias dinámicas de poder de la España contemporánea. Esta mirada al pasado se sistematiza a partir de Inés y la Alegría (2010), que da comienzo a una serie centrada en el conflicto bélico denominada Episodios de una guerra interminable, continuada con El lector de Julio Verne (2012), Las tres bodas de Manolita (2013) y Los pacientes del doctor García (2017). La quinta entrega de la serie, La madre de Frankenstein (2020), está ubicada en la década de los 50.

En octubre de 2018 gana el Premio Nacional de Narrativa.

Falleció en Madrid, el 27 de noviembre de 2021.

©cervantes.es

Gritos silenciosos

…Lo que me importa en este momento que ya sé fatalmente que me va a pegar, que ya sé con certeza total que sólo un terremoto podría evitarlo, es que no sea tan brutal como la paliza anterior, que se conforme con un par de bofetadas y que lo haga cuanto antes. Pero no, se demora el máximo posible, sabe que la tensión duele tanto como los golpes y que además hace daño en otro sitio: quiebra los nervios, te pone al borde de la locura. Llama por teléfono a recepción. Pide tabaco y un gin tonic, y antes de colgar me pregunta si tengo unas tijeras. Le respondo que sólo unas pequeñitas, para las uñas. Pide también a recepción que le suban unas tijeras.
Quiero controlar mi mente y no imaginar para qué las quiere. No puedo y se me ocurren barbaridades. Tiemblo y lloro. Creo que puedo morir o quedar muy malherida. El señor ha cambiado trivialmente de tema. Me cuenta en qué consiste el espectáculo de esa noche, dónde vio la publicidad y por qué le pareció interesante y reservó mesa. El botones sube el tabaco, el gin tonic
y las tijeras, que son enormes. Ya está, ahora empieza todo, pienso. Pero no; se sienta de nuevo y, jugando con las tijeras, mientras bebe con detenimiento el combinado, me habla de cómo debemos vestirnos esa noche. Su cínica conversación me repugna, pero por lo menos me da esperanzas; ha decidido que vaya a la cena con espectáculo de marras, por lo que no va a matarme, ni creo que me deje muy maltrecha. Sigue hablando de cualquier tema, hasta que apura la copa. Entonces se levanta y entra al cuarto de baño. Sale al momento con una toalla empapada y empieza a golpearme con ella. Son golpes tan fuertes que parecen latigazos. Al poco mi piel está toda roja. Me pide que repita una y otra vez que seré la mujer diez que él desea. Así lo hago, aunque al insoportable dolor se suma una espantosa vergüenza. Le imploro que pare, pero a cada súplica los golpes se intensifican. Ya sólo recuerdo estar tumbada en el suelo sin poder respirar porque sus manos aprietan mi garganta, y también recuerdo una frase antes de soltarme: «Así se pagan y se subsanan los errores.» «Por hoy ha terminado la lección», me dice ya de pie, y me mete prisa para que me duche y me cambie, que no quiere llegar tarde a la cena. En el cuarto de baño, calmando el escozor de mi piel bajo el chorro de la ducha, mezclándose mis lágrimas con el agua, pienso en que todavía no ha utilizado las tijeras. Me da pánico volver a la habitación. Pero una voz suya y unos golpes en la puerta me hacen salir al instante. Siento un gran alivio: el traje favorito de los que me regaló está cortado en pequeños pedazos esparcidos por la habitación. Para eso quería las tijeras. Me abstengo de hacer ningún comentario y comienzo a vestirme con otra ropa.

 

Paula Zubiaur (fragmento del libro Gritos silenciosos, disponible en Biblioteca Juana Keiser)