De colega a colega

– El autor debía conocer muy bien el lugar. Al menos sabía perfectamente cuándo podría estar a sus anchas. Eso le permitió registrar los vestuarios con toda tranquilidad. Su botín asciende, entre dinero y artículos de valor, a casi 300 euros. Resulta que casi todos los alumnos, y también el profesor afectado, habían dejado durante la clase de Educación Física sus pertenencias de valor en los vestuarios sin tomar ninguna medida de precaución. De forma que ayudaron al ladrón a conseguir un botín fácil. Por desgracia éste no es un asunto aislado. Y es una pena, porque al igual que en este caso, las posibilidades de atrapar al autor son escasas. Con lo fácil que es tomar algunas sencillas medidas de precaución…

– ¿Es que no han tomado ustedes las huellas dactilares? –preguntó Charly de improviso interrumpiendo la clase-. ¡Porque eso es lo primero que hubiera hecho yo en un caso así!

Algo desconcertado, el inspector Jefe Stecker de la brigada criminal de la policía se quedó mirando a Charly, mientras por la clase se extendía un silencioso suspiro.

– Eh… ¿Huellas… dactilares? –tartamudeó finalmente-. Pues no, huellas dactilares no hemos tomado. Chico, ¿cómo se te ha ocurrido? ¿Acaso viste anoche alguna película de policías?

Joachim Friedrich (fragmento del libro El caso del grito en la sala de profesores, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

El papel y la tinta

Había una hoja de papel sobre una mesa, junto a otras hojas iguales a ella, cuando una pluma, bañada en negrísima tinta, la manchó completa y la llenó de palabras.

– “¿No podrías haberme ahorrado esta humillación?”, dijo enojada la hoja de papel a la tinta. “Tu negro infernal me ha arruinado para siempre”.

– “No te he ensuciado”, repuso la tinta. “Te he vestido de palabras. Desde ahora ya no eres una hoja de papel sino un mensaje. Custodias el pensamiento del hombre. Te has convertido en algo precioso”.

En ese momento, alguien que estaba ordenando el despacho, vio aquellas hojas esparcidas y las juntó para arrojarlas al fuego. Sin embargo, reparó en la hoja “sucia” de tinta y la devolvió a su lugar porque llevaba, bien visible, el mensaje de la palabra. Luego, arrojó el resto al fuego.

 

Dulzura

Madrecita mía,
madrecita tierna,
déjame decirte
dulzuras extremas.

Es tuyo mi cuerpo
que juntaste en ramo;
deja revolverlo
sobre tu regazo.

Juega tú a ser hoja
y yo a ser rocío:
y en tus brazos locos
tenme suspendido.

Madrecita mía,
todito mi mundo,
déjame decirte
los cariños sumos.

Gabriela Mistral

Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortázar (Más cuentos y relatos disponibles en Biblioteca Juana Keiser)

El origen de las especies

En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad, pero no el calor de Texas. Nos levantábamos de noche, horas antes del amanecer, cuando apenas había una mancha añil en el cielo oriental y el resto del horizonte seguía negro como el carbón. Encendíamos nuestras lámparas de queroseno y salíamos con ellas por delante, como si fueran nuestros propios solecitos titilantes. Nos esperaba mucho trabajo antes del mediodía, cuando el mortal calor nos devolvía a todos al interior de nuestra gran casa y nos tumbábamos en los cuartos sombríos de postigos cerrados y techos altos, como víctimas sudorosas. El habitual remedio veraniego de mamá de salpicar las sábanas con refrescante colonia sólo duraba un minuto. A las tres de la tarde, cuando era hora de ponerse en pie, la temperatura aún era criminal.

El calor era un suplicio para todos los que vivíamos en Fentress, pero las que más lo sufrían eran las mujeres, con sus enaguas y corsés. (A mí todavía me faltaban unos años para esa forma de tortura exclusivamente femenina.) Se aflojaban las cotillas y se pasaban las horas suspirando, y maldecían el calor y también a sus maridos, por haberlas llevado al condado de Caldwell a plantar algodón y pacanas y criar ganado.

Mamá abandonaba temporalmente sus peinados postizos: un falso flequillo ondulado y un mechón rizado de pelo de caballo, las bases sobre las que cada día construía una elaborada montaña de su propio pelo. Como eran días en que no recibíamos visitas, hasta metía la cabeza bajo el grifo de la cocina mientras Viola, nuestra cocinera mulata, le daba a la bomba de agua y se la dejaba empapada. Teníamos orden de no reírnos ante ese espectáculo asombroso. Y a medida que la dignidad de mamá iba sucumbiendo al calor, descubríamos (igual que papá) que lo mejor era apartarse de su vista. Aquel verano, yo tenía once años y era la única chica de siete hermanos. ¿Os podéis imaginar una situación peor? Me llamo Calpurnia Virginia Tate, pero entonces todo el mundo me llamaba Callie Vee. Estaba justo entre tres hermanos mayores — Harry, Sam Houston y Lamar— y tres más jóvenes —Travis, Sul Ross y el benjamín, Jim Bowie, al que llamábamos J.B. —. Los pequeños conseguían dormirse de verdada mediodía, a veces incluso apilados unos encima de otros como cachorros empapados y humeantes. Tanto los hombres que llegaban del campo como mi padre, de vuelta de su despacho en la limpiadora de algodón, también dormían, después de regarse con cubos de agua tibia del pozo en el porche de la siesta, antes de caer noqueados en sus camas de cuerda.

Jacqueline Kelly (fragmento del libro La evolución de Calpurnia Tate, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

 

 

El gran lío del pulpo

Había una vez un pulpo tímido y silencioso, que casi siempre andaba solitario porque aunque quería tener muchos amigos, era un poco vergonzoso.
Un día, el pulpo estaba tratando de atrapar una ostra muy escurridiza, y cuando quiso darse cuenta, se había hecho un enorme lío con sus tentáculos, y no podía moverse. Trató de librarse con todas sus fuerzas, pero fue imposible, así que tuvo que terminar pidiendo ayuda a los peces que pasaban, a pesar de la enorme vergüenza que le daba que le vieran hecho un nudo. Muchos pasaron sin hacerle caso, excepto un pececillo muy gentil y simpático que se ofreció para ayudarle a deshacer todo aquel lío de tentáculos y ventosas. El pulpo se sintió aliviadísimo cuando se pudo soltar, pero era tan tímido que no se atrevió a quedarse hablando con el pececillo para ser su amigo, así que simplemente le dio las gracias y se alejó de allí rápidamente; y luego se pasó toda la noche pensando que había perdido una estupenda oportunidad de haberse hecho amigo de aquel pececillo tan amable. Un par de días después, estaba el pulpo descansando entre unas rocas, cuando notó que todos nadaban apresurados. El pececillo necesitaba ayuda urgente, pero el pez grande era tan peligroso que nadie se atrevía a acercarse. Miró un poco más lejos y vio un enorme pez que había acudido a comer a aquella zona. Y ya iba corriendo a esconderse, cuando vio que el horrible pez ¡estaba persiguiendo precisamente al pececillo que le había ayudado! Entonces el pulpo, recordando lo que el pececillo había hecho por él, sintió que tenía que ayudarle como fuera, y sin pensarlo ni un momento, se lanzó como un rayo, se plantó delante del gigantesco pez, y antes de que éste pudiera salir de su asombro, soltó el chorro de tinta más grande de su vida, agarró al pececillo, y corrió a esconderse entre las rocas. Todo pasó tan rápido, que el pez grande no tuvo tiempo de reaccionar, pero enseguida se recuperó. Y ya se disponía a buscar al pulpo y al pez para zampárselos, cuando notó un picor terrible en las agallas, primero, luego en las aletas, y finalmente en el resto del cuerpo: y resultó que era un pez artista que adoraba los colores, y la oscura tinta del pulpo ¡¡le dió una alergia terrible!! Así que el pez gigante se largó de allí envuelto en picores, y en cuanto se fue, todos lo peces acudieron a felicitar al pulpo por ser tan valiente. Entonces el pececillo les contó que él había ayudado al pulpo unos días antes, pero que nunca había conocido a nadie tan agradecido que llegara a hacer algo tan peligroso. Al oír esto, los demás peces del lugar descubrieron lo genial que era aquel pulpito tímido, y no había habitante de aquellas rocas que no quisiera ser amigo de un pulpo tan valiente y agradecido.

Pedro Pablo Sacristán

Jon

Llevaba recorridos poco más de setenta kilómetros, pero parecía que había pasado una eternidad desde que salió de Madrid. Una hora daba para pensar mucho. Tiempo de sobra para confirmar que había tomado la decisión acertada. No tenía la menor duda. El simple hecho de poner el pie en el acelerador resultaba liberador después de tantos años acostumbrado a sentarse en el asiento de atrás, mirando el móvil compulsivamente, como si la vida se le fuera en ello, como si no hubiera nada más importante que lo que dijeran de él en ese momento. Porque lo dicho en el instante anterior ya lo había visto y revisado, por supuesto. Ahora tenía el control, por eso pisaba a conciencia el acelerador. Necesitaba sentirlo, reafirmárselo con cada acción. Pero pasados los primeros minutos superando los límites permitidos, estableció la velocidad media en ciento veinte kilómetros por hora. Ni más ni menos: más le acojonaba y menos le impacientaba. Quería llegar cuanto antes. Había tomado la decisión hacía bastante tiempo, pero esperó a que todo estuviera listo para comunicarla de forma precipitaba, «sobre todo teniendo en cuenta la magnitud de sus consecuencias», como le habían reprochado. Por muchas vueltas que le diera, no le quedaba otra opción, si no quería dar mucho margen a chantajes e intentos para que se quedara. Tenía que ser un golpe seco que pusiera fin a todo. Ahora, después de tanta espera, no podía esperar a llegar a su destino. Pero la leve sonrisa de confianza, que le provocaba ver por el retrovisor cómo dejaba atrás su querida Madrid, se transformó en un gesto serio conforme recorría kilómetros, y la incertidumbre, que le provocaba lo desconocido, se hacía cada vez más presente. Por fin era dueño de su porvenir, pero ¿resultaría todo como había planeado? ¿Realmente encontraría lo que estaba buscando? ¿Dejaría atrás todo aquello que le perturbaba y que temía que acabara sacando lo peor de él? ¿Conseguiría volver a ser el mismo de siempre?

El corazón le dio un vuelco al divisar el cartel que anunciaba la distancia y el nombre del lugar elegido. Por tonto que sonara, tenía la corazonada de que aquel cambio de rumbo, aquella decisión que pocos compartían, cambiaría su vida para siempre. Aminoró la velocidad y fue serpenteando las curvas contemplando el paisaje…

Pablo Rivero (fragmento del libro Penitencia, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

El libro fantástico

Si alguien hubiese preguntado a Jared Grace en qué trabajarían sus hermanos cuando fuesen mayores, no se lo habría pensado dos veces. Habría respondido que su hermano Simon sería veterinario o domador de leones, y que su hermana Mallory se dedicaría profesionalmente a la esgrima o acabaría en la cárcel por pinchar a alguien con una espada. Sin embargo, el propio Jared no sabía qué quería llegar a ser. No es que nadie se lo preguntase, en realidad. Nadie le pedía su opinión sobre nada. La nueva casa, por ejemplo. Jared Grace alzó la vista y achicó los ojos. Quizás aquello le parecería más bonito si lo viese borroso.

— Es una barraca — comentó Mallory, bajando del coche.

Pero eso no era del todo cierto. Más bien parecía un montón de barracas colocadas una encima de otra. Tenía varias chimeneas, y una valla de hierro coronaba el último tejado como un llamativo sombrero.

— No está tan mal — dijo su madre con una sonrisa sólo un poco forzada —. Es victoriana.

Simon, el gemelo de Jared, no parecía disgustado. Debía de estar pensando en todos los animales que podría tener ahora. En realidad, considerando todos los que había llegado a acumular en el pequeño dormitorio que compartía con él en Nueva York, Jared supuso que harían falta muchos conejos, erizos y demás que rondaran por ahí para satisfacer las ansias de Simon.

— Vamos, Jared — lo llamó su hermano. Jared se percató de que todos habían subido los escalones de la entrada y él se había quedado solo en el jardín, contemplando la casa. La puerta, de un tono apagado de gris, estaba desgastada. Los pocos restos de pintura que quedaban incrustados en las grietas y alrededor de las bisagras eran de un color crema indeterminado. Había una aldaba oxidada en forma de cabeza de carnero sujeta en el centro de la puerta con un clavo grueso. Mamá introdujo una llave dentada en la cerradura, la giró y empujó fuerte ayudándose con el hombro. La puerta se abrió a un oscuro vestíbulo. La única ventana se encontraba en mitad de las escaleras, y sus vidrios coloreados teñían las paredes con una tétrica luz rojiza.

— Es tal como la recordaba — dijo con una sonrisa. — Pero más hecha polvo — añadió Mallory.

Tony DiTerlizzi – Holly Black (fragmento del libro El libro fantástico (Crónicas de Spiderwick 1), disponible en Biblioteca Juana Keiser)

Día del Libro 2021

El Ministerio de Cultura y Deporte presenta los actos conmemorativos del Día del Libro 2021

La directora general del Libro y Fomento de la Lectura, María José Gálvez, ha presentado esta mañana en rueda de prensa, junto al director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, los actos que tendrán lugar durante la semana cervantina con motivo del Día Internacional del Libro 2021, que se celebra el próximo viernes 23 de abril.

Los actos han comenzado a primera hora de esta mañana con la colocación en la fachada de la sede principal del Ministerio de Cultura y Deporte de multitud de banderolas con el cartel conmemorativo del Día Internacional del Libro 2021. Como es tradicional, el cartel rinde homenaje a la figura del Premio Cervantes del año anterior, que en 2020 fue Francisco Brines. En esta ocasión Sonia Pulido, Premio Nacional de Ilustración 2020, se ha inspirado en un verso de Brines para crear el cartel.

https://www.culturaydeporte.gob.es/actualidad/2021/04/210419-semana-del-libro.html?fbclid=IwAR1rtWeu2ETYF-_LbBpMYxydmJ2v7WGbBSN3lsiG7WGqHRIlTKVj6ztnwuw