Jon

Llevaba recorridos poco más de setenta kilómetros, pero parecía que había pasado una eternidad desde que salió de Madrid. Una hora daba para pensar mucho. Tiempo de sobra para confirmar que había tomado la decisión acertada. No tenía la menor duda. El simple hecho de poner el pie en el acelerador resultaba liberador después de tantos años acostumbrado a sentarse en el asiento de atrás, mirando el móvil compulsivamente, como si la vida se le fuera en ello, como si no hubiera nada más importante que lo que dijeran de él en ese momento. Porque lo dicho en el instante anterior ya lo había visto y revisado, por supuesto. Ahora tenía el control, por eso pisaba a conciencia el acelerador. Necesitaba sentirlo, reafirmárselo con cada acción. Pero pasados los primeros minutos superando los límites permitidos, estableció la velocidad media en ciento veinte kilómetros por hora. Ni más ni menos: más le acojonaba y menos le impacientaba. Quería llegar cuanto antes. Había tomado la decisión hacía bastante tiempo, pero esperó a que todo estuviera listo para comunicarla de forma precipitaba, «sobre todo teniendo en cuenta la magnitud de sus consecuencias», como le habían reprochado. Por muchas vueltas que le diera, no le quedaba otra opción, si no quería dar mucho margen a chantajes e intentos para que se quedara. Tenía que ser un golpe seco que pusiera fin a todo. Ahora, después de tanta espera, no podía esperar a llegar a su destino. Pero la leve sonrisa de confianza, que le provocaba ver por el retrovisor cómo dejaba atrás su querida Madrid, se transformó en un gesto serio conforme recorría kilómetros, y la incertidumbre, que le provocaba lo desconocido, se hacía cada vez más presente. Por fin era dueño de su porvenir, pero ¿resultaría todo como había planeado? ¿Realmente encontraría lo que estaba buscando? ¿Dejaría atrás todo aquello que le perturbaba y que temía que acabara sacando lo peor de él? ¿Conseguiría volver a ser el mismo de siempre?

El corazón le dio un vuelco al divisar el cartel que anunciaba la distancia y el nombre del lugar elegido. Por tonto que sonara, tenía la corazonada de que aquel cambio de rumbo, aquella decisión que pocos compartían, cambiaría su vida para siempre. Aminoró la velocidad y fue serpenteando las curvas contemplando el paisaje…

Pablo Rivero (fragmento del libro Penitencia, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

El libro fantástico

Si alguien hubiese preguntado a Jared Grace en qué trabajarían sus hermanos cuando fuesen mayores, no se lo habría pensado dos veces. Habría respondido que su hermano Simon sería veterinario o domador de leones, y que su hermana Mallory se dedicaría profesionalmente a la esgrima o acabaría en la cárcel por pinchar a alguien con una espada. Sin embargo, el propio Jared no sabía qué quería llegar a ser. No es que nadie se lo preguntase, en realidad. Nadie le pedía su opinión sobre nada. La nueva casa, por ejemplo. Jared Grace alzó la vista y achicó los ojos. Quizás aquello le parecería más bonito si lo viese borroso.

— Es una barraca — comentó Mallory, bajando del coche.

Pero eso no era del todo cierto. Más bien parecía un montón de barracas colocadas una encima de otra. Tenía varias chimeneas, y una valla de hierro coronaba el último tejado como un llamativo sombrero.

— No está tan mal — dijo su madre con una sonrisa sólo un poco forzada —. Es victoriana.

Simon, el gemelo de Jared, no parecía disgustado. Debía de estar pensando en todos los animales que podría tener ahora. En realidad, considerando todos los que había llegado a acumular en el pequeño dormitorio que compartía con él en Nueva York, Jared supuso que harían falta muchos conejos, erizos y demás que rondaran por ahí para satisfacer las ansias de Simon.

— Vamos, Jared — lo llamó su hermano. Jared se percató de que todos habían subido los escalones de la entrada y él se había quedado solo en el jardín, contemplando la casa. La puerta, de un tono apagado de gris, estaba desgastada. Los pocos restos de pintura que quedaban incrustados en las grietas y alrededor de las bisagras eran de un color crema indeterminado. Había una aldaba oxidada en forma de cabeza de carnero sujeta en el centro de la puerta con un clavo grueso. Mamá introdujo una llave dentada en la cerradura, la giró y empujó fuerte ayudándose con el hombro. La puerta se abrió a un oscuro vestíbulo. La única ventana se encontraba en mitad de las escaleras, y sus vidrios coloreados teñían las paredes con una tétrica luz rojiza.

— Es tal como la recordaba — dijo con una sonrisa. — Pero más hecha polvo — añadió Mallory.

Tony DiTerlizzi – Holly Black (fragmento del libro El libro fantástico (Crónicas de Spiderwick 1), disponible en Biblioteca Juana Keiser)

Día del Libro 2021

El Ministerio de Cultura y Deporte presenta los actos conmemorativos del Día del Libro 2021

La directora general del Libro y Fomento de la Lectura, María José Gálvez, ha presentado esta mañana en rueda de prensa, junto al director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, los actos que tendrán lugar durante la semana cervantina con motivo del Día Internacional del Libro 2021, que se celebra el próximo viernes 23 de abril.

Los actos han comenzado a primera hora de esta mañana con la colocación en la fachada de la sede principal del Ministerio de Cultura y Deporte de multitud de banderolas con el cartel conmemorativo del Día Internacional del Libro 2021. Como es tradicional, el cartel rinde homenaje a la figura del Premio Cervantes del año anterior, que en 2020 fue Francisco Brines. En esta ocasión Sonia Pulido, Premio Nacional de Ilustración 2020, se ha inspirado en un verso de Brines para crear el cartel.

https://www.culturaydeporte.gob.es/actualidad/2021/04/210419-semana-del-libro.html?fbclid=IwAR1rtWeu2ETYF-_LbBpMYxydmJ2v7WGbBSN3lsiG7WGqHRIlTKVj6ztnwuw

 

El pirata Malapata

El pirata Malapata saltó desde la cubierta del barco hasta el bote y se mojó los pies.

– ¡Rayas y centollos! Ahora volverán a olerme los pies a pescado podrido- resopló.

El pirata llevaba tres meses navegando junto a su tripulación en busca de una isla perdida. Y durante tres meses no había dejado de llover. Sólo los últimos dos días había salido el sol y los piratas habían conseguido secar su ropa colgándola en los cables del mástil. Más que un barco pirata, el galeón Boquerón parecía un tendedero.

En circunstancias normales, el pirata Malapata se habría puesto furioso por mojarse los pies y habría colgado del botalón a media tripulación. Pero hoy estaba contento. ¡Al fin podrían enterrar el mayor botín con el que ninguna banda de piratas se había hecho jamás! Tan espectacular era el tesoro que había estado a punto de hundir el galeón “Boquerón”, por su gran peso.

-¡Por fin ha llegado el día! ¡Neptuno nos ha asistido! Contemplad, piratas, la isla perdida- exclamó Malapata, triunfal.

-Mi capitán -dijo, tímidamente, un joven marinero – Me temo que esta no es la isla perdida que buscábamos.

-¡Cómo lo sabes! -aulló el temible capitán.

-Porque ya lo dice la propia palabra: per-di-da. Esta isla ya la hemos encontrado, luego no está perdida -argumentó el marinero.

El pirata Malapata dudó por un instante. Pensó que el grumete tenía razón. ¡En el momento en el que encuentras una isla, ésta deja de estar perdida! El pirata Malapata se quedó callado, se levantó el parche del ojo para poder mirar mejor la isla. Después comenzó a dar vueltas en círculos, musitando palabras por lo bajo mientras hacía ademanes con su garfio. Tras reflexionar un largo rato ante la expectante mirada de su tripulación de malhechores, dijo casi para sí:

– No importa. Enterraremos aquí el tesoro de todas formas.

Y, dirigiéndose a la tripulación añadió:

-¡Os ordeno enterrar aquí el tesoro y, después, perder la isla!

-Pero mi capitán… si perdemos la isla, perderemos también el tesoro -rechistó, tímidamente, el marinero.

El pirata Malapata volvió a quedar pensativo unos instantes. Luego, dijo:

-Entonces os ordeno enterrar el tesoro, perder la isla y volver a encontrarla.

-Pero mi capitán, si volvemos a encontrar la isla… ¡ya no sería una isla perdida! -insistió el marinero.

El pirata Malapata resopló. Su cara se puso roja, morada y después azul. La tripulación entera se estremeció.

-¡ENTONCES….! – Aulló Malapata. – ¡Os ordeno enterrar el tesoro, perder la isla y perder el tesoro!

Y así es como, en medio del océano, hay una isla perdida con un tesoro perdido… ¡que nunca nadie ha logrado encontrar! Si alguna vez navegas por el Atlántico, presta mucha atención al horizonte. ¡Tal vez logres encontrar la isla perdida y desenterrar el tesoro pirata más magnífico que se haya conocido jamás!

Mumablue

 

Clotario tiene gafas

Cuando Clotario llegó a la escuela, esta mañana, nos quedamos muy asombrados, porque tenía gafas en la cara. Clotario es un buen compañero, que es el último en la clase, y parece que le han puesto gafas por eso.

— El médico — nos explicó Clotario — les dijo a mis padres que si yo era el último quizá fuera porque no veía bien en clase. Entonces me llevaron a la tienda de gafas y el señor de las gafas me miró los ojos con una máquina que no hace daño, me hizo leer montones de letras que no querían decir nada y después me dio unas gafas, y ahora, ¡bang!, ya no seré el último.

A mí me extrañó un poco eso de las gafas, porque si Clotario no ve en clase es porque se duerme a menudo, pero quizá las gafas no le dejen dormir. Y, además, es cierto que el primero de la clase es Agnan, y es el único que lleva gafas, y por eso mismo no se le puede zurrar tan a menudo como uno quisiera. Agnan no quedó muy contento al ver que Clotario tenía gafas. Agnan, que es el ojito derecho de la maestra, siempre tiene miedo de que un compañero sea primero en su lugar, y nosotros nos pusimos muy contentos al pensar que ahora el primero sería Clotario, que es un compañero fenómeno.

— ¿Has visto mis gafas? — Le preguntó Clotario a Agnan —. Ahora voy a ser el primero en todo, y la maestra me mandará a buscar los mapas y seré yo quien borrará la pizarra. ¡Tururú!

— ¡No, señor! ¡No, señor! — Dijo Agnan —. ¡El primero soy yo! Y, además, no tienes derecho a venir a la escuela con gafas.

— ¡Claro que tengo derecho, mira! ¡No me digas! — Dijo Clotario —. ¡Y tú ya no serás el único ojito derecho de la clase! ¡Tururú!

—Y yo — dijo Rufo — voy a pedirle a mi papá que me compre gafas, ¡y también seré el primero!

— ¡Todos vamos a pedirles a nuestros papás que nos compren gafas! — gritó Godofredo —. ¡Todos seremos primeros y ojitos derechos!

Entonces fue terrible, porque Agnan se puso a gritar y a llorar; dijo que eso era trampa, que no teníamos derecho a ser los primeros, que se quejaría, que nadie lo quería, que era muy desgraciado, que iba a matarse, y el Caldo llegó corriendo. El Caldo es nuestro vigilante, y un día os contaré por qué le llaman así.

— ¿Qué pasa aquí? — Gritó el Caldo—. ¡Agnan! ¿Qué tiene, que llora así? ¡Míreme a los ojos y contésteme!

— ¡Todos quieren ponerse gafas! — le dijo Agnan, haciendo montones de hipos.

El Caldo miró a Agnan, nos miró a nosotros, se frotó la boca con la mano y después nos dijo:

— ¡Mírenme todos a los ojos! No voy a tratar de entender sus historias; todo lo que puedo decirles es que si les vuelvo a oír, actuaré con todo rigor. ¡Agnan, vaya a beber un vaso de agua sin respirar! ¡Y los demás, a buen entendedor, pocas palabras bastan!

Y se marchó con Agnan, que continuaba haciendo hipos.

—Oye —le pregunté a Clotario—, ¿nos prestarás tus gafas cuando nos pregunten?

René Goscinny (fragmento del libro Los amiguetes del pequeño Nicolás, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

El dardo en la palabra

Veo en un periódico que los carabineros han descubierto un intento de sacar fraudulentamente divisas, cuando realizaban el rutinario registro de equipajes, y mi primera reacción es pensar que alguien debería exhortar a los carabineros a que actuaran con más diligencia: probablemente lograrían descubrir más valijas delincuentes.

Pero, claro, lo que el redactor de la noticia quiere comunicar es que el registro no era extraordinario, y que el hallazgo se hizo cuando los agentes realizaban un examen normal o habitual de las maletas. Y ese rutinario salta a los ojos como una solemne barbaridad. Porque calificar así el trabajo de quien cumple con las obligaciones de su oficio o sigue las instrucciones recibidas, es ofensa que no merecen el cuerpo de carabineros ni persona alguna.

De tal adjetivo en tal mal empleo se han apropiado los medios de difusión, y es raro el día en que no nos lo lanza una onda hertziana o nos asalta desde alguna columna periodística. Rutinario entró como galicismo en castellano (francés routinier) a fines del XVIII, y la Academia lo incluyó en su Diccionario en 1847; antes, en 1817, se registró rutina; y antes aún, el vocablo base ruta, del francés route.

La familia se había colado, pues, en español escalonadamente. La routine consistía, primariamente, en la marcha por un camino conocido, de donde pasó con facilidad a la aceptación que el español recibió de la lengua hermana al adoptar tal palabra:

«Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas». Llegaba, pues, con un fuerte halo peyorativo, que se ha mantenido hasta hoy. Ganivet hablaba de vulgaridades rutinarias; Coloma, de medianías rutinarias; Echegaray llamaba a un rico torpe y rutinario; y Baroja, a un burgués de Shanti

Andía, bruto, rutinario, indelicado. La rutina es, en la conciencia lingüística hispana, abominable. A Plinio, el estupendo detective manchego de García Pavón, le asustaba que un exceso de tranquilidad en Tomelloso, sin crimen alguno que llevarse a las meninges, le proporcionara meses, años tal vez, «de aburrimiento y trabajo rutinario, sin entidad». Luis Romero proclamaba con energía, en 1962: «Hay que acabar con las rutinarias costumbres; resultan siniestras, macabras». ¿Se comprende por qué decía antes que se injuriaba gravemente a los probos funcionarios de la aduana calificando sus registros de rutinarios?

 

Fernando Lázaro Carreter (fragmento del libro El dado en la palabra, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

Llegar a marte

Personajes: Presentador, Presentadora, Mateo, Rocío

(La escena transcurre en la esquina céntrica de una ciudad).

PRESENTADOR: Vamos a presentarles una historia de enamorados…

PRESENTADORA: De esas que ocurren en cualquier lugar…

PRESENTADOR: Y en todos lados.

PRESENTADORA: Es una historia de encuentros y desencuentros…

PRESENTADOR: Podría suceder hoy…

PRESENTADORA: O en cualquier momento. Los protagonistas podrían llamarse de muchas maneras.

PRESENTADOR: Él podría ser Pedro…

PRESENTADORA: Y ella, Gabriela.

PRESENTADOR: Pero él también podría llamarse Juan, Adolfo o Daniel.

PRESENTADORA: Alberto, Diego o Miguel.

PRESENTADOR: Y ella podría ser María, Marta, Mónica, Estela.

PRESENTADORA: Valeria, Silvina o Marcela.

PRESENTADOR: Hasta podrían llamarse Julieta y Romeo.

PRESENTADORA: Pero se llaman ¡Rocío y Mateo!

PRESENTADOR: Lo que les sucedió es tan común y al mismo tiempo tan singular…

PRESENTADORA: ¡Que le podría ocurrir a cualquier mortal!

PRESENTADOR: Es una historia ficticia y también verdadera…

PRESENTADORA: De esas que no le ocurren a nadie… ¡Y le pasan a cualquiera!

PRESENTADOR: Fue un día de invierno cuando se encontraron por vez primera.

PRESENTADORA: Y pese al frío los dos pensaron: ¡ya es primavera!

PRESENTADOR: ¡Al verse se sintieron impactados por la flecha del amor!

PRESENTADORA: Y le pidieron uno al otro: ¡una cita, por favor!

(Mateo y Rocío, cada uno en su casa, hablan por teléfono. Los presentadores permanecen en escena todo el tiempo, pero ellos no los ven).

MATEO: Te espero mañana a las ocho, en la esquina de Corrientes y Fray Mocho.

ROCÍO: Allí estaré. A las ocho. No faltaré aunque llueva o truene.

MATEO: Yo tampoco, aunque caiga granizo o nieve.

(Salen Rocío y Mateo).

PRESENTADORA: Al día siguiente, Mateo llegó puntualmente a la esquina de Corrientes y Fray Mocho.

PRESENTADOR: Y Rocío también llegó justo a las ocho.

PRESENTADORA: Pero por más que esperaron y miraron…

PRESENTADOR: ¡No se encontraron!

(Entran Rocío y Mateo por separado y cada uno permanece en un sector diferente del escenario, sin verse).

Adela Basch ( fragmento de la obra Llegar a marte, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

La carta

Para entrar en la habitación, su madre tuvo que hacer un esfuerzo extra. Por detrás de la puerta se amontonaba la ropa tirada que impedía el libre acceso al interior. Y no solo la ropa. Pensó que, inmediatamente, estallaría la tormenta, y escucharía los consabidos reproches acerca de su falta de orden y limpieza. E imaginó además que, tras los gritos, ella le obligaría a ponerse manos a la obra, para adecentar todo aquello. Se puso tenso. Pero su madre no dijo nada al respecto. Solo lo miró, indiferente, como si no pasara nada, y entró dentro, para acercarse a la cama en la que estaba tumbado, con los zapatos puestos sobre la colcha, leyendo un cómic. Era muy extraño…

—Miguel.

— ¿Sí?

—Toma. Le tendió un sobre.

— ¿Qué es?

—Tómalo. La obedeció. Pero no pudo ver lo que contenía ya que no le dio tiempo a abrirlo. Su madre llevaba algo más. Un papel y un bolígrafo.

—Fírmame aquí —le pidió.

— ¿Para qué? —vaciló Miguel.

—Es un acuse de recibo.

— ¿Un qué?

—Te he dado una carta, y quiero que quede constancia de que la has recibido para que luego no puedas decir que no sabías nada. Hay que hacer las cosas bien.

Su madre no solía jugar. No tenía tiempo de jugar. Pero aquello parecía un juego. Se sentó en la cama y miró el papel. Leyó: «Acuse de recibo». Debajo estaba escrita la fecha y su nombre: Miguel Fernández Martínez.

— ¿Quieres que firme esto?

—Sí. Estaba tan seria, tan distante, tan solemne, tan triste…

—Bueno —se encogió de hombros—. Vale.

Tomó el bolígrafo para estampar su firma en el papel. Aún no tenía decidido, para el futuro, si hacer una con muchas curvas después de la ele final o si, por el contrario, optaba por otra con los rasgos muy rectos. La primera daba la impresión de ser como una nube, blanda y esponjosa. La segunda más recia. Lo de la firma parecía ser una huella de identidad para (oda la vida, así que era importante. Hizo la primera. «Miguel». Acto seguido, y sin mediar palabra, su madre se hizo con el bolígrafo que tenía en la mano derecha y con el acuse de recibo que sostenía con la izquierda. Luego dio media vuelta, pasó por entre el caos de la habitación, y se fue cerrando la puerta tras de sí. Miguel miró el sobre, mitad divertido mitad sorprendido. Lo abrió. Dentro había una hoja de papel, escrita con el ordenador de su padre. Apenas una docena de líneas. Leyó su contenido: «Querido hijo: Visto el comportamiento de las últimas semanas, cada vez más caótico, unido a los problemas ocasionados por ti en los meses y años anteriores, desde que comenzaste a gatear y andar, y sin que parezca que vaya a haber ya una enmienda clara por tu parte, me veo en la triste pero necesaria obligación de comunicarte tu despido, que será efectivo en el plazo de treinta días a partir de hoy. En este tiempo tendrás derecho a tus dosis habituales de besos y caricias, así como a disponer de tu habitación, tres comidas al día, y cuantas prerrogativas merezcas en calidad de hijo —televisión, dinero para gastos, libros, paseos, atención, consejos, etc.—. Pero cumplido el plazo que la ley familiar me otorga, mis deberes como madre quedarán por completo exentos de toda obligación, puesto que mis derechos han sido vulnerados y vapuleados alevosamente con anterioridad. Lo cual te comunico en el día de hoy, siete de abril, para que conste a todos los efectos. Firmado: María de la Esperanza Martínez García».

Jordi Sierra i Fabra (fragmento del libro Querido hijo: estás despedido, disponible en Biblioteca Juana Keiser)

Caricia

Madre, madre, tú me besas,
pero yo te beso más,
y el enjambre de mis besos
no te deja ni mirar…

Si la abeja se entra al lirio,
no se siente su aletear.
Cuando escondes a tu hijito
ni se le oye respirar…

Yo te miro, yo te miro
sin cansarme de mirar,
y qué lindo niño veo
a tus ojos asomar…

El estanque copia todo
lo que tú mirando estás;
pero tú en las niñas tienes
a tu hijo y nada más.

Los ojitos que me diste
me los tengo de gastar
en seguirte por los valles,
por el cielo y por el mar…

Gabriela Mistral